Cumbia sobre el mar

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(Quantic Presenta: Flowering Inferno, Dog With A Rope (Tru Thoughts, 2010) )

A veces todo se complica más de la cuenta, bien sea porque así quisimos que fuera o porque sencillamente estaba destinado a ser un manojo de nervios en su más alta pureza.

Sin embargo, de un par de semanas para acá en las que no han sido pocas las horas que he estado en trenes, buses y aviones y en donde he tenido el tiempo de pensar y ‘sobre pensar’, me percaté y reconocí EL conflicto que últimamente genera en mí esa piquiña que de tanto en tanto se convierte en ardor para después devenir en un puñetazo para el alma: La Angustia.

La angustia es una chiquilla latosa, malcriada, inquieta y por alguna razón la logro concebir como un chili, (sí, así mismo), aun cuando no tengo mayor explicación al respecto para semejante representación gráfica, y por fortuna para la semi-presencial pero contundente ausencia de lógica.

Esa niñita consigue apoderarse y robarme valiosa energía que podría emplear escribiendo, componiendo o inclusive bailando y digo bailando, no porque sea bailarina (aunque una parte de mí sí lo crea), sino porque tan solo basta que pongan una melodía de Andrés Landero, Totó La Momposina, Systema Solar, Quantic o para no ir muy lejos; basta  que alguien le dé play al Mapalé y ya me tienen automáticamente en un ritual de autoexorcización que respeta básicamente… NADA.

Miento.

A mí lo bailao’ no me lo quita nadie, ni la tan aclamada angustia, y es entonces cuando me digo a mí misma que ‘el talento’ que tengo para preocuparme es directamente proporcional a mi habilidad para destilar las penas saltando, aplaudiendo y danzando, moviendo el bote o azotando baldosa (como se le quiera llamar) y siendo así, entonces la cosa no puede ir tan mal.

Recuerdo dos noches recientes en particular.

La primera fue en Montpellier, sur de Francia. Era Otoño/Invierno y contrarestaba con la noche colombiana de la que salí hecha una vil piltrafa, con el corazón latiendo a todo dar no sólo por el desgaste físico y el sudor, sino también por el conmovedor momento en el que retomé y volví a conectarme con mi experiencia vital relacionada con todo aquello de lo que he venido hablando en este post.

La segunda ocurrió en un club en Paris, Paris, Paris la nuit. Una vez más, mientras daba unos brincos al ritmo de la música -en este caso, electrónica- que sobrepasaban cualquier expectativa inmediata y el desenfreno volvía a hacer su aparición, el archivo de mi existencia acompañada de cuanta pregunta ontológica, filosófica y hasta mamerta que pudiera haber, rondaban mi cabeza y eran atravesadas por neones, luces, más neones y tal vez más luces….¡BIM! Suena ‘El Sayayín’ y ya, champetica para el mundo mes amours y la vida que nunca deja de reafirmarse sorprendiendo, hacía como siempre su impecable arribo.

Me digo una vez más.

Mientras existan las gaitas, los tambores, el acordeón y una que otra guacharaca, o en su defecto un buen groove y unos buenos beats, las preocupaciones y extra preocupaciones muchas veces tan innecesarias, llegarán y se encontrarán con ese escudo rítmico protector que aleja todo aquello que convertimos en demonios y que en vez de ponernos a bailar y gozar, nos atestan de ruido interior.

Y es que finalmente, la angustia es un chili.

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