EN MERCURIO RETRÓGRADO

Hay días o épocas, en las que nada aparentemente tiene ni cobra sentido alguno.

Ayer por ejemplo.

Salí de mi casa y en realidad lo que llevaba puesto era el saco raído que uso como pijama, el pelo sucio recogido y una expresión de acongojamiento que ni las gafas oscuras de sol que suelo usar eran capaces de disimular.

El asunto de las consignaciones en bancos, formalizaciones, sistemas caídos o en su defecto lentos, sumados al hecho de recorrer infestadas calles en medio de la zozobra generada por la expectativa de conocer algunos resultados médicos, me traían agobiada.

Hablando en otros términos, hoy difícilmente emanaba algún tipo de luz interior y exterior, pero aun así, recibí más miradas y piropos (sí, de esos lindos) como nunca antes, así que me detuve frente a una vitrina para observarme y para mi sorpresa, lo único que encontré fue un rostro cansado y poco fresco, ojeras profusas, labios secos y un atuendo démodé que declaraba abiertamente mi falta de ganas. Así que no dudé en preguntarme al instante ¿Qué demonios está pasando que últimamente las cosas me salen al revés? Vale la pena aclarar, que difícilmente hubiera llegado a esta “trivial” reflexión a través de mi apariencia física, si las últimas dos semanas no hubiera estado sumergida en un vaivén pasivo-agresivo de emociones y circunstancias que se escapaban de mi entendimiento y que me hicieron desear retirarme un tanto del juego random.

Y el juego no me deja retirarme de él, al menos no así de sencillo.

El Lunes, -citando otro día para resaltar de la semana, no pude contenerme ante la hermosa tarde que hacía, entonces decidí ir a tomar el sol y leer a uno de mis lugares preferidos de Bogotá: La Biblioteca Virgilio Barco. Estando allí, aproveché para reponer mi carné perdido hace algún tiempo y la burocracia de dicha diligencia me empujó a pedir la simple ayuda a una de las mejores personas con las que me haya cruzado alguna vez; su cálida colaboración me llevó hasta su hogar, que conozco muy bien y que será un hogar siempre en mí. Allí retrocedimos 5, 4, 3 años atrás y ambos comprendimos y estuvimos de acuerdo en que la casualidad no existe.

Reconfortante y conspiratorio. Aunque no menos confuso en tiempos de rareza.

En realidad, todo va bien cuando la vida o lo que se entiende como vida,  empieza a comportarse así y cuando no nos permite caer hondo en la enfermedad horripilante de la rutina y del conformismo.

Todo va en perfecta armonía cuando está y existe el tiempo para permitirnos comprender un poco, qué es lo que ocurre frente a nuestra naríz y por el contrario, retener y dejar ir lo que ocurre detrás de nuestra espalda que deja de corresponder al circuito propio.

La casualidad no existe, pero la estrategia y las fuerzas del cosmos sí.

Puedo ir con el flujo. Si los días vienen al revés, puedo pararme patas arriba un rato. ¿Por qué no?